Bellas, útiles, sinónimo del buen diseño ancestral, la tijera reina en el mundo de lo analógico y ha dejado su impronta en el digital en forma de icono que relaciona el tijeretazo con la acción de llevarse algo de un sitio. La tijera abandona en silencio el mundo de la oficina, pero reclama permanecer a nuestro lado en sus infinitas versiones. No se corta.
La costura, la cocina, el colegio, la peluquería y el jardín siguen siendo ámbitos donde la tijera campa a sus anchas, imponiendo respeto y delimitando tareas como un mariscal de campo. La habilidad con las tijeras define la pericia del profesional de cada especialidad y sienta los cimientos de una buena faena. ¡Qué traje tan bien cortado!, decimos, no por casualidad. No se trata de una habilidad innata, sino de un aprendizaje que se da en la infancia y que es más complejo de lo que recordamos de adultos. No siempre fue fácil. Por algo hay tijeras para zurdos.

La tijera ha evolucionado hacia formatos extraños
La precisión y los campos de batalla son tan dispares que el instrumento ha evolucionado hacia formatos tan extraños como las tijeras para bigotes, las tijeras para cortar alas de abeja o las tijeras Metzenbaum. En estas disciplinas de aroma artesano, la tijera es imprescindible porque no hay réplica digital que valga ni corte virtual capaz de preparar un buen pollo al ajillo.
Pero en la oficina, ay, amigo, la cosa cambia. En la oficina, la tijera, junto a su primo y víctima propiciatoria, el papel, se ha quedado relegada a un rincón de pensar cada día más exiguo. Las tijeras están guardadas en un cajón a la espera de demostrar que su tiempo aún no ha finiquitado y que su potencial sigue tan afilado como el primer día.
Corta y pega
Hubo un tiempo en que la acción de “corta y pega” era literal. Los recortes de papel eran la información seleccionada que se trasladaban a otro soporte para recrear un informe, o un dossier o un memorándum. Lo cortabas, lo pegabas con un stick transparente sobre un folio y creabas un nuevo universo partiendo de los originales. Podían ser recortes de prensa, facturas, cuentas de gastos, cálculos o un anónimo para el jefe. Tijeretazo y pegamento. La tijera actúa y no deja rastro, excepto si eres un manazas. El moderno moodboard es un viejo conocido de la tijera, aunque ahora prescinde de ella liberado por el mundo digital.

Oficina portátil
En los programas de tratamiento de imágenes todavía encontramos iconos en forma de tijeras para describir la acción de cortar algo y llevarlo en el portapapeles (otro anacronismo rescatado para la era de la información digital), guardarlo en una carpeta, pegarlo a una pizarra o, tal vez, en un muro (sin comentarios…).
En la nueva oficina portátil que llevamos en nuestra laptop a todas partes, la tijera es la sombra de un viento que ya no sopla en el mundo del trabajo. Pero su recuerdo de una época donde privaba lo manual sigue enganchada en nuestro subconsciente, como en las hábiles manos del Eduardo que imaginó Tim Burton.
TIJERAS EN FORMA DE PIERNAS
Antes de adoptar su forma actual, las tijeras nacieron hacia el 300 a.C. como pequeñas cizallas, una sola pieza de bronce en forma de U con los extremos afilados para cortar con la presión de la mano.
La forma actual, dos piezas unidas por un tornillo, apareció en Roma en el primer siglo de nuestra era y, poco después, empieza a documentarse su presencia en todo el mundo, desde occidente hasta China. Durante la Edad Media, las tijeras eran objetos de artesanía fina que unían a su utilidad una factura exquisita: las astas se moldeaban con formas de animales, de castillos o incluso de piernas de mujer, las Jambes des Princesses, que hacían furor en la Francia del siglo XVIII.
La llegada de la Revolución Industrial introdujo nuevas técnicas de fabricación mediante maquinaria automatizada. Las cuchillas de acero templado y las asas ergonómicas se convirtieron en características estándar de las tijeras modernas. Hoy al acero se han unido a otros materiales como el titanio o el carburo de tungsteno. Pero hay algo que no ha cambiado: las tijeras siguen manejándose exactamente igual que hace dos mil años.
TEXTO MARCEL BENEDITO FOTOGRAFÍA ARCHIVO DO








